“Brujita: los curas entrarán en sus iglesias pero jamás al cielo. Ese está reservado para ti, para los perros, que son santos. Que no conocen la malicia, que no conocen la codicia, que jamás mienten, que son humildes, que no tienen, como el hombre, podrido de odio el corazón” Fernando Vallejo
martes, 22 de marzo de 2016
Felicidad
“Y en la felicidad también creo. Lo que pasa es que la felicidad es una pompa de jabón que da visos, pero que no bien uno la mira se revienta. Uno tiene que ser feliz sin saberlo. ¡Qué iba a saber yo de niño que era feliz! Más aún: qué iba a saber que lo era de viejo cuando empecé esa tarde «Los Días Azules» contigo a mi lado, Brujita, que ya no estás.” Fernando Vallejo
domingo, 23 de diciembre de 2012
domingo, 9 de diciembre de 2012
Charles Bukowski, fragmento de "La senda del perdedor"
“Nunca me sentí solo. He estado en una habitación, me he sentido suicida. Estuve deprimido, me he sentido horrible más allá de lo descriptible, pero nunca pensé que una persona podía entrar a una habitación y curarme. Ni varias personas. En otras palabras, la soledad no es algo que me molesta porque siempre tuve este terrible deseo de estar solo. Siento la soledad cuando estoy en una fiesta, o en un estadio lleno de gente vitoreando algo. Citaré a Ibsen: ‘Los hombres más fuertes son los más solitarios’. Nunca pensé: ‘Bueno, ahora va a entrar una rubia hermosa y vamos a garchar, y me va a frotar las bolas, y me voy a sentir bien’. No, eso no iba a ayudar. Viste cómo piensa la gente común: ‘Guau, es viernes a la noche, ¿qué vamos a hacer? ¿Quedarnos acá sentados?’. Bueno, sí. Porque no hay nada allá afuera. Es estupidez. Gente estúpida mezclándose con gente estúpida. Que se estupidicen entre ellos. Nunca tuve la ansiedad de lanzarme a la noche. Me escondía en bares porque no quería esconderme en fábricas. Eso es todo. Les pido perdón a los millones, pero nunca me sentí solo. Me gusta estar conmigo mismo. Soy la mejor forma de entretenimiento que puedo encontrar.”
jueves, 18 de octubre de 2012
"El deseo de desaparecer, porque las cosas desaparecen, emponzoñó tan atrozmente mi sed de ser que, en medio de los resplandores del tiempo, el aliento se apagaba y el ocaso de la naturaleza me envolvía en multitud de sombras. Y como veía el tiempo en todas las cosas, esperaba salvarlas a todas del tiempo.
La necesidad de convertir a los seres en eternos por medio de la adoración, la premura por elevarlos, por exceso de corazón, de su destrucción natural me parecía la única labor apreciable. No sé de nada que yo haya amado sin odiarlo a la vez por no poderlo sustraer, mediante el baile de llamas de mi alma, a la ley de su aniquilación. Quise que todo fuera. Y todo era únicamente en la fugacidad de mis fiebres. El mundo se me escapaba porque el mundo ya no era...¿Por qué no se encadenan en el tiempo ?
¿Es que no mora en mí bastante eternidad?
Si las cosas extintas supiesen cuánto las he amado se procurarían un alma sólo para llorarme. Ninguna de las cosas del mundo podrá acusarme de indolencia..."
Emile Cioran. Breviario de los vencidos. Marginales Tusquets. p. 43
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